¿Los muertos siguen amando?
Por: Cristina Dorador
Estaba muerta cuando la encontraron, pero seguía amando. El amor de los muertos es como una neblina transparente que se eleva del cuerpo y busca donde guarecerse. El amor de los muertos son todos los sentimientos que quedaron dentro del organismo, en el cerebro, corazón o la marca microbiana de las interacciones anteriores. Esta ballena tenía mucho amor guardado, estaba recién navegando los mares azules. Le habían advertido sobre objetos extraños y sonidos extravagantes, sobre extravíos y peligros, pero siguió su instinto y señales de otras ballenas.
¿Cómo llegó a Hornitos? ¿Será porque la playa es larga y de arena? ¿Será porque quería sentir el sol antes de partir? ¿Fueron las olas las que suavemente la depositaron en su última morada?
En Hornitos ha habido mucho amor, es una playa antigua que llama a querer y fortalecer los vínculos del cariño, más allá de un verano fugaz. Es el sol, el sol que quema y que deja marcas en la piel para siempre. Los primeros habitantes de estas costas amaron tanto que se establecieron en este litoral, dejando su legado de pescadores y lectores de estrellas.
Hace unos días nos enteramos de la muerte de una ballena juvenil de la especie Megaptera novaeangliae (ballena jorobada) completamente cubierta por mallas de pesca que varó en la playa de Hornitos, en la región de Antofagasta, al norte de Mejillones. ¿Cómo llegó a morir de esa manera tan cruel? ¿Cómo habrá sido su último suspiro?
La fotografía la muestra completamente cubierta por una malla, como si fuera un trozo de carne envasado para ser comercializado y no un ser vivo brillante y amoroso que seguía su ruta, la misma de todas las de su especie. Estas imágenes, impactantes y tristes, muestran su cuerpo totalmente herido, apretado, compactado, sin libertad de movimiento, completamente contrario a su naturaleza abierta en los océanos.
Por esa zona se acostumbran a ver ballenas a lo lejos. Los soplos son la señal de que van en viaje, hacia el norte o hacia el sur, siguiendo sus signos, sonidos, temporalidades, la cotidianidad de los cetáceos. Los soplos se observan como notas en un pentagrama de alguna sinfonía, a veces es un allegro, otras son un andante. El mar toca el cielo a través de las ballenas, son el conducto que comunica el agua con el aire, el plancton y los gases de la atmósfera, los arcoíris eternos.
¿Cuál habrá sido el último soplo de esta ballena antes de encontrarse con la malla que fue su verdugo?
¿Cómo habrá sido su lucha contra las mallas? ¿Cuánto tiempo estuvo tratando de librarse de ese manto asesino que antes había exterminado albacoras y otras especies?
El mar no es un basurero, no es un vertedero donde dejar los residuos de los exterminadores de la vida marina.
Se ha descrito que esta ballena era un ejemplar juvenil, tenía su vida en frente, pero en cambio se encontró con una barrera inesperada que le quitó la vida.
¿Cuánto habrá amado esta ballena antes de morir? ¿Habrá seguido amando después de muerta?
Su cuerpo se detuvo. Su corazón dejó de latir, pero su gran anatomía tenía espacio para todos los sentimientos. La arena de Hornitos alojó su malherido cuerpo abrigando los últimos recovecos de cariño ballena que le quedaban, el sol fue secando sus lágrimas, porque las ballenas también lloran. El viento se llevó la tristeza flotante y dejó solo lo que vale la pena: la esperanza de vivir en otros.
Las ballenas son portadoras de otras especies, lo que han comido y lo que han cobijado, dentro y fuera de su cuerpo. A su vez, estas especies albergan especies microscópicas, las cuales pasan a ser las compañeras de la muerte en la transformación del cuerpo.
La materia cambiará, la malla de pesca quedará casi incólume porque el plástico se degradará, pero no al mismo ritmo que el cuerpo de la ballena. Quedará la impronta en la arena de lo que fue la ballena que no pudo seguir su viaje.
Su amor por la vida se refleja en su muerte. Peleó hasta el final por librarse de esas mallas asesinas, movió con fuerza toda su ballenidad para salir de esa emboscada, luchó porque amaba el mar.
Por eso sigue amando, aunque esté muerta, porque ese amor no se acaba con la muerte, continúa, aunque pasen los años, quedará en el recuerdo de quienes se conmovieron con su partida, en la arena donde unos meses más, alguna pareja se jurará amor eterno, donde el sol verterá su luminosidad para que ahí florezca la vida, que las aves sientan el calor del mediodía y vuelvan a su hogar como lo han hecho por miles de años.
Hornitos te recogió, la misma playa de changos y camanchacos, el sol abrigó tus últimos momentos, como un abrazo de compasión y luz.
¿Hacia dónde se va el alma de las ballenas? ¿Volverá al mar?
Cristina Dorador Ortiz es una científica chilena, médica, realiza investigaciones en microbiología, ecología microbiana, limnología y geomicrobiología.